El (des)prestigio de la política

En estos días pre-navideños, post-congresuales y de crisis económica y política, aparece recurrentemente una idea en las conversaciones de la calle, en los artículos de opinión, en los programas de televisión y, en definitiva, en cualquier pared a la que uno quiera pegar la oreja, que es la del desprestigio de la clase política. Parece que existe un consenso amplio sobre la escasa valoración que merecen los políticos nacionales, regionales o locales que, en el mejor de los casos, rozan el aprobadillo y la mayoría suspende en las encuestas de opinión.

Este fenómeno afecta a todas las formaciones políticas democráticas en todos los países del mundo, no es algo exclusivo de España.

Vistas así las cosas, es difícil organizar una campaña que aliente la afiliación, pues las gentes que se tienen a sí mismas por honradas, trabajadoras e inteligentes, huyen de los partidos políticos como de la peste. La militancia en un partido político o en un sindicato no es atractiva para la mayoría de los ciudadanos, que permanecen indiferentes ante la política y prefieren estar al margen de esa actividad que consideran deshonrosa.

Sin embargo, hay que detenerse un momento a reflexionar y darnos cuenta de la verdad que encierra la máxima de que en el poder, nunca hay huecos vacíos, todo espacio político es ocupado inmediatamente por aquel que se encuentra más cerca.

De ese modo, si rehuimos la responsabilidad cívica de participar en política, estaremos cooperando al desastre, pues dejaremos que el hueco que podríamos ocupar nosotros lo ocupe otro. Ese otro será mejor o peor a nuestro juicio, pero es el que habrá dado el paso adelante. Criticar luego su actividad es muy fácil, quejarse de los resultados de su gestión parece que forma parte de algún deporte nacional.

¿Qué habría sucedido si el que critica no deja pasar la ocasión y se une a un proyecto político? ¿Qué pasaría si muchos ciudadanos decidieran dar el paso de unirse a las fuerzas políticas que menosprecian con el ánimo de aportar sus opiniones, su ayuda y sus soluciones? ¿Cuál sería en resultado del ingreso de un nutrido grupo de personas con vocación de servicio a los intereses colectivos frente a los particulares? ¿Cómo sería el paisaje si hubiera más personas que vivieran para la política frente a los que viven de la política?

Por otra parte, visto desde dentro, hablar de mayor participación en la actividad de cualquier partido político supone asumir no sólo la posibilidad, sino la necesidad de acoger un mayor número de personas de entre quienes nos critican; requiere estar abiertos a los cambios que la sociedad imponga a través del contacto próximo y permanente con los ciudadanos; precisa de la necesidad de incrementar la transparencia y la democracia en el funcionamiento del gobierno de los partidos; implica redoblar el trabajo al día siguiente de las elecciones para cumplir los compromisos electorales y, además, no sólo ser mejor, sino parecerlo; hay que cuidar no sólo lo que se hace, sino como se hace; hay que revisar las reglas del juego, pero luego respetarlas.

La verticalidad en la toma de decisiones debe cambiar de sentido, en lugar de ir de arriba a abajo, ha de potenciar el flujo contrario, de abajo a arriba.

Cuando comento este tipo de cosas con mis amigos me tildan de ingenuo y utópico y me fuerzan a aterrizar sobre la realidad, me muestran que las soluciones dependen de los mismos actores que componen la clase política, pero no me resisto a hacer una llamada a la gente para que rompa esta dinámica que no conduce a nada, para poner solución antes de que sea tarde. Yo estoy de acuerdo con ellos, soy ingenuo y utópico, de otro modo no escribiría estas cosas, pero también comparto la idea de Karl Popper de que "no elegimos la libertad política porque nos promete esto o aquello, la elegimos porque hace posible la única forma digna de coexistencia humana, la única forma por la cual podemos ser completamente responsables de nosotros mismos".

La transición española constituye un espejo privilegiado en el que mirarnos para aprender de nuevo a hacer política.

Pues eso ¡No nos mires, únete!

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